Una película reconstruye el último y tormentoso año de la vida de la cantante alemana Christa Päffgen

 

Solo fueron tres canciones, pero qué tres: Femme Fatale, All Tomorrow’s Parties y I’ll Be Your Mirror. En abril de 1966 la modelo alemana Christa Päffgen, más conocida como Nico, participó en el primer álbum de un grupo impulsado por Andy Warhol, The Velvet Underground. Aquel disco -en el que la voz grave de la alemana se escuchaba en ese trío de temas y tocaba la pandereta en el resto- se tituló The Velvet Underground & Nico, y a pesar de su fracaso en ventas devino en leyenda rebautizado por los fans como el disco de la banana. Nico (Colonia, 1938-Ibiza, 1988) actuó con la Velvet en el show The Exploding Plastic Inevitable y se lanzó a su carrera en solitario con el álbum Chelsea Girl(1967): era lo suficientemente conocida por sí misma tras una década como actriz y modelo.

Toda esa explosión de fama y creatividad no está en Nico, 1988, de la directora italiana Susanna Nicchiarelli. La cineasta ha preferido contar los últimos meses de vida de Christa, una yonqui enganchada a la heroína que vive en Manchester y que de vez en cuando da algún concierto para seguir tirando. Nico, 1988 juega la carta del habitual filme de resurrección: el dueño de un pub le propone convertirse en su manager, hacer una gira por Europa, volver a componer… En definitiva, reordenar su vida. “He estado en lo más alto. He estado en lo más bajo. Y los dos sitios están vacíos”, se escucha en pantalla. Christa -como prefería que le llamaran- accede para poder hacerse cargo de su único hijo, un veinteañero con tendencias suicidas, Ari Boulogne, nacido de la relación sentimental que en 1961 mantuvieron Nico y Alain Delon. El actor francés nunca reconoció su paternidad, pero a finales de los sesenta los padres de Delon adoptaron al crío, que vivió con ellos.

Esa distante relación materno filial que carcomía a Christa Päffgen y su lucha por ser ella misma (“Mi vida empezó después de la Velvet”, dice en el filme) por encima de iconos (en un momento pregunta “¿Soy fea?” y tras la respuesta afirmativa acota alegre: “Genial. No era feliz cuando era guapa”; en otro come un plato de spaguettis de madrugada mientras recuerda los lustros en que vivió en perpetua dieta, “con lo que me gusta comer”) impulsan Nico, 1988. Eso, y el poderío de la interpretación de Trine Dyrholm, la actriz danesa de Celebración, Amor es todo lo que necesitas o La comuna, que el viernes recibirá el premio de honor del Festival de Cine de Sevilla,donde estos días se proyecta este drama, que ya ganó en la pasada Mostra de Venecia la sección Horizontes, la segunda más importante del certamen.

Dyrholm baja varios tonos su voz para lograr aquel timbre fantasmagórico y grave inconfundible de Nico, a la que además le costaba afinar al ser sorda de un oído. La danesa hace creíble incluso la tortuosa relación entre Christa y Ari, un vástago que incluso llegaba a prepararle los picos a su madre, como cuenta James Young en su biografía Nico, Songs They Never Played On The Radio.

The Velvet Underground, con Nico en el centro, a finales de los sesenta.
The Velvet Underground, con Nico en el centro, a finales de los sesenta.
 La musa de los sesenta y setenta, icono de toda una subcultura, logró al final de su vida otro estallido creativo que aparece en pantalla. Cambia las drogas por la metadona, deja que fluya otra vez la música, influye a la incipiente cultura del rock gótico. Abandonada su melena rubia y su languidez en un cuerpo ampulosamente deteriorado, de repente Christa decide cambiar su sino “y envejecer como una anciana elegante”. No pudo. El 18 de julio de 1988, de vacaciones en Ibiza con Ari, salió a pasear en bicicleta. Sufrió un pequeño infarto y se golpeó la cabeza al caer. Un taxista la encontró y en el hospital le diagnosticaron insolación. Al día siguiente moriría de hemorragia cerebral.

Sus restos descansan en Berlín. Nico tuvo una dificultosa relación con su país natal, y no se sentía cómoda definiéndose como alemana. De pequeña vio Berlín arder al final de la II Guerra Mundial junto a su madre (su padre murió durante la contienda), y aquel seco crepitar marcó su trayectoria como artista: siempre viajaba con una grabadora acechando sonidos similares al de la muerte escuchado cuando era cría.

 

 

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    citando como fuente: Los 60 Principales.

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