Tori Amos: “No todos los discos son lugares seguros”

 

La pianista y cantautora estadounidense Tori Amos, en el Hotel Wellington de Madrid en 2012.

Tori Amos (Carolina del Norte, 1963) no quiere dedicar ni un minuto a hablar de Donald Trump, y ni siquiera se refiere a él por su nombre. Sin embargo, su inesperada victoria electoral en noviembre, o más concretamente, la energía “destructiva” que siente que no ha dejado de propagarse desde entonces, ha influido de manera determinante en su nuevo álbum, Native Invader (Universal). “Lees a todo tipo de personas en Twitter que se han convertido en víctimas de esta energía dañina que viene del gobierno. Hay gente que me cuenta que han perdido a sus amigos, que ya no los reconocen, porque están consumidos por la ira. Muy bien, creemos entonces con esa ira”, señala la cantautora y virtuosa del piano.

Amos tenía previsto inspirar el álbum –el decimoquinto de su carrera– en sus raíces familiares, y en verano de 2016 emprendió un road trip por las Smoky Mountains, entre Tennessee y Carolina del Norte, para reconectar con la tierra de sus ancestros. Pero a cambio ha entregado un disco político, de “confrontación”, aunque no está escrito desde la desesperanza.

“Hay un verso de una canción mía de 2005, Barons of Suburbia, que dice así: I’m piecing a potion / To combat your poison (Estoy preparando una pócima / Para combatir tu veneno). Las musas me hicieron comprender que tenía que convertirme en la poción y no en el veneno, que no debía atacar el fuego con más fuego, y me dirigieron para que este disco se convirtiera en un lugar seguro. No todos lo son; Boys for Pele era el tipo de álbum que puede llevarte a un estado de ira o depresión porque yo estaba batallando por mi carrera artística. Pero Native Invader no es así”. Al contrario, su objetivo es que sus canciones actúen como un bálsamo en tiempos de crispación: “La idea es que este disco sea como un bosque sónico; que estés donde estés, ya sea en tu oficina o en la línea Jubilee de metro, cada vez que sientas tu cabeza a punto de estallar después de haber leído el último feed de noticias, puedas refugiarte en él como si te sentaras junto a un arroyo”.

En el segundo sencillo del álbum, Up the Creek, en el que canta contra los “ciegos climáticos”, a la voz de Amos se une la de su hija Tash, de 17 años, que repite la coletilla favorita del abuelo materno de la artista, que era de sangre cherokee y siempre ejerció una gran influencia sobre ella: “Good lord willin’ and the creek don’t rise / We may just survive” (Si el buen señor lo quiere y el riachuelo no crece / Tal vez sobrevivamos). Tres generaciones unidas en un gesto simbólico que tomó forma cuando Estados Unidos abandonó los acuerdos de París: “Aquello despertó algo en Tash que le hizo preguntarme: ‘Mamá, ¿por qué ciertos adultos ocupan una posición que les permite matar el futuro de mi generación?’ [A Amos se le humedecen los ojos]. Se me saltan las lágrimas”.

Musicalmente el álbum también evoca los sonidos de la naturaleza, y a lo largo de sus 15 temas Amos alterna ritmos electrónicos con ecos sutiles del rock de los 70 o arreglos de orquesta. Pero es el piano, majestuoso como siempre, el gran catalizador de las emociones. Un instrumento que el entonces presidente de Atlantic Records, Doug Morris, le sugirió sustituir por guitarras eléctricas en su aclamado disco de debut, Little Earthquakes (1992).

Pero Amos había aprendido del fracaso de la efímera banda de tecnopop que fundó en los ochenta, Y Kant Tori Read, y logró imponer su criterio: “Y Kant Tori Read me enseñó a no traicionar a las canciones, y que no debía capitular como artista a costa de triunfar como estrella del pop”. La cantante se ha reconciliado al fin con aquel proyecto fallido, y prepara el lanzamiento de una edición remasterizada del único disco que publicó la formación. “Creo que 29 años es tiempo suficiente para hacer las paces, aunque todavía no me he olvidado del pelo cardado y los bustiers”.

 

 

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    citando como fuente: Los 60 Principales.

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